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Mi hijo es un hooligan

padresycolegios.comSábado, 1 de enero de 2022
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El fútbol contribuye a conformar la personalidad de miles de jóvenes, fascinados por su potencial de integración en grupos que multiplican sus capacidades individuales. Esa sensación de pertenencia, el amor a unos colores, puede propiciar un valioso vínculo con «el otro» e incluso un puente de comunicación familiar, pero también abre una puerta a las espirales de violencia y marginalidad de los ultras.

Autor: Ángel PEÑA

“La primera vez que acudí a un estadio fue en 1996, el año del doblete. Tenía 12 años. Perdimos 0-2 con el Valladolid. Viajé a Madrid con mi padre y con una peña; lo disfruté como nunca y noté emoción en mi padre, poca pero muy válida teniendo en cuenta su nula expresión de emociones”. Buen aficionado, Luis paladea el fútbol en sí mismo, pero reconoce que hay algo más: una serie de rituales que han colaborado en la formación de una personalidad que tiene en la familia un pilar fundamental. Aquel partido inauguró unos lazos muy especiales.

Pero tras la inocencia primera acecha una bestia peligrosa. “La primera vez que fui con el Frente Atlético (los ultras del Atlético de Madrid) fue en mi primer año solo en Madrid. Tenía 18 años. Mis padres lo sabían, pero no se preocupaban en exceso, creo que no eran conscientes de lo que se cocía realmente y tenían bastante confianza en mi. No obstante, siempre me pedían precaución, aunque no diferente a cuando salía de noche”. Nunca supieron lo cerca que estuvo de la bestia: “Ya bastante metido –había presenciado unos cuantos disturbios–, vi la autodestrucción literal de mi mejor amigo, un chico modelo que dejó la carrera y se convirtió en una persona conflictiva, detenido habitual, en gran parte por la permisividad de sus padres… Su ejemplo me hizo abandonar el Frente”.

AFRONTAR EL PELIGRO
No todos tienen la suerte de Luis. La actualidad editorial muestra la preocupación por el fenómeno. Un fenómeno cíclico, en realidad. Si la novela Ruido de fondo de Gistau narra ahora la violencia de los ultrasur y Baricco advierte en Los bárbaros de que los símbolos nazis en los estadios anuncian el cerco a nuestra civilización, las reediciones de la entrañable Fiebre en las gradas de Hornby o la alarmante Entre los vándalos de Bufford muestran lo recurrente del asunto.

Nos planteamos entonces hasta qué punto nuestros hijos están preparados para afrontar ese peligro. Juan Carlos Revilla, profesor de Psicología Social de la Complutense, cree que “la edad a partir de la que un adolescente puede ir solo (o con amigos) al fútbol depende del chico o chica y de la relación que se vaya estableciendo con los padres; forma parte del mismo proceso de negociación que implica que empiecen a salir solos por la noche, de excursión sin mayores, etc”.

En cualquier caso, Revilla reconoce la importancia de la experiencia: “El vínculo con un ‘nosotros’ forma parte de nuestra formación y la importancia que adquieren las identidades futbolísticas las convierten en un vehículo que se puede utilizar en esa dirección”.

Pero no a cualquier precio: “Las adhesiones incondicionales a un grupo pueden ser peligrosas, implicar la exclusión o marginación (en último extremo, la eliminación) del que no es de los nuestros. Hay que enseñar a disfrutar de una identidad sin despreciar al otro”. Los padres tienen que orientar en ese sentido con una actitud atenta: “Deben darse cuenta de cosas ‘raras’ en sus hijos antes de que cometan actos violentos: no se encuentren de repente con que tienen un hooligan en casa”.

DE AFICIONADO A ULTRA

Mi hijo ha sido inoculado con el virus del fútbol. ¿Cómo asegurarme de que una pasión sana no degenere? El profesor Revilla apunta varios ingredientes del ultra, útiles para detectar si se está tomando una senda inadecuada:
• Una mayor atención prestada a los asuntos del grupo de hinchas que al juego en sí mismo.
• El uso de símbolos de origen extradeportivo, especialmente si están relacionados con ideologías ultras. Aquí entra toda la parafernalia skin, neonazi, anarquista…
• Comportamientos violentos en otros ámbitos: escuela, barrio, etc.
• Opiniones radicales de rechazo a diferentes colectivos sociales.
• Fenómeno grupal. Nadie puede escudarse en que yo voy con ellos, pero no participo. Si yo no estoy, ellos no lo harían.

Revilla matiza que cualquiera de estos puntos aislado no tiene por qué significar nada: “A veces los jóvenes coquetean con símbolos o con ideologías, pero puede ser simplemente eso, e igual pueden cometer una tontería, como alguna pelea; sólo cuando los comportamientos o las actitudes son muy repetidas –por el grupo, no hay que esperar a que mi hijo sea quien lo haga, sino su entorno–, es el momento de empezar a interesarse (no preocuparse) por lo que pueda estar pasando”.

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