Imaginemos un país que fuera tan pero tan llano, que sus habitantes comentaran con simpatía que apenas subiéndose a un taburete se puede observar toda su extensión. Fantaseemos también que sus rutas, contra todo pronóstico, corrieran por momentos sobre lomas elevadas entre campos sembrados. Imaginemos por último que en todo el mundo se refirireran a este país llamándole por el nombre de tan sólo dos de sus doce provincias. Dejemos aquella ensoñación para otro momento, porque ese lugar existe y se llama Países Bajos.
